Todo es una Mudanza silenciosa: Sobre Mudanza de Alejandro Zambra

(Lustra ediciones, 2015)
  1. Alejando Zambra escribió seis poemas que llamó Mudanza.
  2. Cuando se muda no se puede -no se debe- dejar nada claro, en el trajín del irse, no se puede -no se pudo- y si se pudo el tiempo se encargó de borrar el rastro.
  3. Nada resiste a una Mudanza pues incluso aquellos libros que guardamos apilados en el fondo del librero, se apolillan.
  4. La edición de Lustra lleva los nombres Alejandro Zambra y el título Mudanza cruzado por portada. Una edición bastante austera.
  5. ¿Qué no es una Mudanza?
  6. Cuando uno se muda no sabe exactamente a donde se va (sino, no sería una mudanza en sentido exacto), cuando uno muere tampoco; en ese sentido mudarse y morirse, pero decirlo es de mal gusto, y Alejandro Zambra tiene un buen gusto.
  7. Una reseña es una opinión y se basa en la subjetividad del autor.

 

Alejandro Zambra nos trae con Mudanza (Lustra ediciones, 2015) un poemario bastante trabajado, bien cuidado, con muy buen ritmo y con todas las palabras en su lugar. Razones por las cuales es un poemario bien logrado, pues mantiene muy bien la tesitura en los seis poemas que componen el libro, gozando de la tan, por muchos críticos, aclamada “regularidad” (aunque no tengan por qué gozar todos de ella).

En Mudanza no todas las palabras pueden encontrar una significación exacta. Encuentran su sentido en el paisaje que se presenta a lo largo del poema, lo que les otorga sentido y cohesión con respecto a las demás imágenes. Trabaja sensaciones; no, conceptos.

Originalmente se considera a Zambra como poeta de la Transición chilena (generación de los 90’s), es decir, el periodo pos-dictadura. La poesía de este periodo se caracteriza por la estética del náufrago, la presencia de enunciadores líricos que se sienten andar a la deriva por el vacío dejado por la historia e inquieren al pasado la ausencia de las ruinas de la catástrofe que dejó dictadura. Sujetos que sufren la perdida de una memoria arrastrada por la epifanía de tratar de reconstruir las ruinas del pasado u olvidarlo. Bahía inútil (1998), otro poemario de Zambra, encaja en este periodo. Podría decirse que, con Mudanza, que se publica por primera vez en el 2003, Zambra se desprende de lo característico de su generación: si en la poesía de Transición la condición de náufrago proviene del vacío dejado por la historia; en Mudanza, el vacío que se generaliza parece provenir de la condición misma del enunciador. Todo parece efímero porque esa es la naturaleza de la mudanza a la que todos estamos sometidos.

Por eso, no nos equivocaríamos al decir que el poemario tiene cierto corte existencialista. Además, Raúl Zurita, quien realiza un pequeño comentario al final del poemario en la edición de Lustra, entrevé que el poemario está atravesado por la muerte, como Bonsái (2006), pero en Mudanza se trata de una muerte que se elude, pues nunca se la menciona. Una muerte tabú. Zurita reconoce dos personajes dentro de su discurso poético, un enunciador lírico, yo poético, masculino que esta conminado a irse y una presencia femenina, un ella, que aparentemente no sabe dónde está que “duerme sin saber que tu duermes a su lado”, pero Zurita no se percata de una tercera presencia constante en los poemas de “una forma peligrosa [que] escogía por nosotros el camino” que parece acelerar el discurso, determinarlo, perseguir a ese él y ese ella.

Ese hálito de tedio y sin sentido que cubre Mudanza es el mismo presente en otra de sus obras, como Bonsái, aunque en la primera parte de esta, el amor de los protagonistas cubre de sentido el libro y brinda alivio al absurdo de sus desesperados personajes. El amor cubre nuestras vidas de un cínico sentido, es por eso que ese hálito no se percibe en la primera parte de Bonsái pero, sí, en Mudanza: “cuando besas y te besa; reteníamos, /entonces, los ajustes a la falda, /sosteníamos, así, con alfileres, la fachada”. Un sentido sostenido por “alfileres” frágil, pero, a fin de cuentas, efectivo. Quizá, sea esa la misma razón por la cual la madre de Mersault, en El extranjero de Camus, aun viendo cercana su propia muerte acepta tener un novio. La diferencia es que, en Mudanza, este amor que otorga sentido no está presente, sino, uno crudo, despellejado, pues el amor de Mudanza está “no en el fondo sino encima de la cama”.

Por otra parte, muestra de la maestría de Zambra es que no llega al extremo de usar un lenguaje filosófico para describir mediante la poesía emociones de ese tesón. Desde un lenguaje cotidiano y sencillo (que también encontramos en Bonsái y que él afirma en sus entrevistas preferir y comúnmente usar), logra describir experiencias de tedio, desesperanza, irremediabilidad, sinsentido, “porque en días como estos no se puede /-no se debe- hacer promesas en el aire / no conviene revisar la borra espesa/ del café ni grabar las iniciales / en un libro que más tarde se / desfonda en la memoria (…)”.

Resulta difícil precisar el significado de cada una de sus imágenes, pero es bastante clara la sensación que deja tras leerlo, una sensación tan similar como conocer el lugar al cual vamos a mudar, desconocida e indescriptible, sentimiento extraño. Una sensación, como decía, difícil de precisar. En fin, podemos decir que Mudanza es un poemario de atmósfera.

Amer Uceda

 

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Alejandro Zambra

Cinco

Cada tanto recomienza una frase

improvisada: el descanso en la escalera

no permite demasiadas precisiones

y se pierden las señales cuando pasas

con los brazos ocupados. Medios

tonos o resabios, cicatrices en la boca,

nos faltaban -apenas- los matices

que ahora sobran cuando busco

con paciencia, cuadro a cuadro,

hendiduras en la cara, medios tonos

o resabios: alguien posa insegura de

su rostro, alguien saca con recelo y energía

-con las manos, con los ojos- los

fragmentos de la arena acumulada,

atardece cuadro a cuadro el horizonte,

alguien viaja largas horas en los últimos

asientos y no sabe cuánto falta

todavía, ella es joven y blanca, tu eres

débilmente oscuro y eso es todo

cuanto había no el fondo sino encima

de la cama cuando besas y te besa; reteníamos,

entonces, los ajustes a la falda,

sosteníamos, así, con alfileres, la fachada,

las bastillas, las insignias, los insectos

cuando trepan la solapa, amanece el horizonte

continuado y ella ríe o desespera, ella llora

o recupera la verdad, ella espera que

comprendan que el amor es una especie

de incidente, un ajuste de los ruidos

en la imagen, unos días, unas noches

con sus voces y sus voces y sus pausas:

decidíamos las veces, repasábamos

las pausas, desoíamos las voces y una forma

peligrosa escogía por nosotros

el camino, el descanso en la escalera no

permite demasiadas precisiones, ella duerme

sin saber que cruzarán la

turbulencia, alguien cubre el medio todo con

dos manos

de pintura, cada tanto recomienza

lo que ahora desconoces y se pierden

las señales cuando pasas con

los brazos ocupados.