Poemas de Martín Zúñiga Chávez

 

Les mostramos a continuación unos singles de Martín Zúñiga Chávez:

Bebo apoyado en mi lanza

La flaca silueta de las casas

Crece desde mis pies

Bajo un cementerio de nubes

Como naves colisionadas. Atardeces.

Repiqueteos de tacos trotan

En todas direcciones

Desde un ojo

De buey en las puertas. Alguien

Llama con la desesperación

En los nudillos. La puerta

Se abre a las soledades

De las pantallas que ciegan

Como eclipses de cerca

Y el sonido de una sombra

Se siente en oscura fuga

Como la explosión de Neo Tokio,

Como las cataratas en Tatooine y

Ríos de anís e hinojo golpean el olfato

De mis sabuesos mientras veo

Cómo caen dormidos. ¡Aídemi!

La flacura de las casas

Se quiebra. En el óxido

Tibio de las arterias reventadas

Se reconfortan los graffitis

De ventanas y paredes, el mortero

Entre los naranjas ladrillos

Y luego ya mis suelas. Chapoteos

En la fuente son mosquitos

Cazadores en vuelo, en picada

Sobre los fantasmas

De sus presas. Crecen

Incendios de templo en templo

Borrando esta oscuridad:

Este paisaje, joven         es su recuerdo.

 

 

Papas y camotes

a Toño, maroquero.

cuando cocino el sabor depende

para quien sea y que tal me caiga.

cuando cocino para mí, por ejemplo,

todo me sale feo, quemado y triste.

cuando cocino para mi madre

todo sabe a leña verde y recojo violetas

en el camino para adornar su lápida

pues como todos saben mamá no está muerta.

cuando cocino para mi padre hay mucho ajo

y pólvora y clavos y esquirlas de mercurio.

cuando cocinamos con mi hijo él dice

que todo le gusta porque él cocina más que yo.

cuando cocino para mi amor estoy distraído

y estas llagas en mis manos son de agua

helada y aceite hirviendo pues las estrellas

son difíciles de sazonar.

cuando cocino para el Hombre

al cual a pesar de todo le tengo fe

las papas saben a papas

y los camotes, a camotes.

 

LA REGIÓN OSCURA

Se da cuenta de cómo ella sonríe.

Miran las fotos donde ella aparece

y donde todavía no andaban juntos:

lo llama la región oscura.

Mi primer amor tenía doce años y las uñas negras.

Los días sobre los que él no nada sabe.

Fotos donde la ve reír cuando el sol sale,

cuando mira los trinos, cuando.

Mi primer amor se iba de mi espantado

de mis doce idiomas y de mi tontería socialista.

Hay algo impune en todo eso.

Vuelve su mirada a las fotos y se sabe

roto: las estrategias en clases

de econometría son más transparentes

Mi segundo amor tenía quince años, pecas

en todo el cuerpo, sin ideas, sin familia,

demasiado futura, excesivamente femenina.

para él que ese alejamiento progresivo,

como átomos de hidrógeno

luego de encontrarse a mucha velocidad.

Mi segundo amor me abandonó como en un tango.

Una forma de ceremonia sentimental,

¿no es cierto? Algo que resulta hasta

ridículo. Ella, claro, no lo ignora todo.

Cierra el álbum de fotos y coge otro,

Mi tercer amor me consoló con sus ojos lindos

y con las doce faltas de ortografía de su última carta.

se acomoda en el sofá,

lo abre sobre su regazo

y le muestra los viajes,

los lugares, las anécdotas.

Quieren contarse cosas.

Mi cuarto amor no tiene nombre.

Entrar más allá (lo que se estila siempre)

hasta donde incluso no es posible.

La velocidad es lo ridículo,

algo tan pequeño, nimio, risible,

Mi cuarto amor fue en un viaje en bus interprovincial

por más de siete horas y la luna llena sobre los cerros.

y los sentidos no lo llegan a captar a fondo.

Él se va a convencer que está todo bien

y va a pensar en algo para estar en calma.

Mi cuarto amor me violó.

En malabaristas ebrios trepando

la torre de termitas de quince metros.

En piedras semipreciosas ardiendo

como nieve dentro de su cerebro.

Mi quinto amor olía a perro mojado,

a tarde de cinema, a ropa interior, a pan caliente.

Grietas agazapadas debajo de la superficie.

La dejará allí en la sala con un buenas noches,

nos vemos mañana; regresará a su casa,

Mi quinto amor tenía 28 años, maestro estatal,

no comprendía a Martín Adán aunque lo leía bastante.

va a prender la radio,

va a fumar mirando el teléfono.

Cuando alguien otra vez pregunte,

esto también será parte de la región oscura.

 

Esto es lo que hay dentro de

No es saliendo del mundo que nos volvemos

más iluminados, sino entrando en él.

Ken Kesey

Cuando se sentaban delante del fuego

había un momento en que se esperaba

que alguien mintiese.

El turno de hablar: lo llamaremos el momento zozobra.

En el vientre todo le apretaba con punzadas.

Sin enemigos visibles, el único lugar seguro

podía ser debajo de las frazadas.

Un día no hubo frazadas.

Un día el cuerpo era moho, era el sarro de las cañas.

Era las todavía no ciudades y su mala costumbre de ya brillar.

De no decepcionar.

Le decían muévete. Le echaban agua, le mordían el aliento,

lo frotaban lo empalaban lo exhibían lo querían borrar.

Su melancolía les era fétida. Su impostura.

Entonces, delante del fuego, otra vez comenzaba.

Una chica que te da poemas, te da su sexo, su cuerpo

te da no lo que le sobra  —como en tu caso,

que sólo das la parte que resta porque lo demás

lo malgastas sin saber en qué—

Una joven que cree que creas todo el día

en realidad no sabe ya qué parte

es trabajo qué parte es no hacer nada.

El rostro una deformación de las palabras. Rómpete

aullaba el rostro.

La moderación de los vicios tiene que ver más

con tu falta de facilidad de conseguir medios para ejecutarlos.

Ahora ya no corres. Al contrario, esperas esos encuentros.

Una mujer que se corta por ti el cabello

se desnuda antes de entrar a tu cama y juega con tu oreja.

Te lee novelas completas, te las traduce,

te toma entre sus senos con vehemencia.

Una niña que te hace esperar cuatro días

para que la policía no te persiga, para que sea “legal”.

Un árbol metafísico que nunca da sombra

en la casa siempre listo a saltar hacía el abismo de piedras

encierra el ombligo de nuestros sueños.

Deja ya de escuchar lo que digo cuando duermo.

Deja de preguntar lo mismo si no quieres que desaparezca.

El fuego un día no desapareció.

Aún hoy las moscas vuelan verdes y azules

en aquellas cañas.

Una anciana trampa tendida entre el cielo y la tierra

se dejaría hollar para que sigas siendo feliz

y sonríe en tu pecho

mientras escarba algo en lo que le dejaron

de tu aliento mordido.

Todos, comprensivos, lo miraban con rabia, con malicia,

hambre de sus vientres, hambre de sus palabras.

Los dientes les crujían, la boca ensalivada,

escuchaban atentos y luego lo volvían a amordazar

mientras lo iban comiendo poco a poco

dejando para el final su rostro, por delicioso,

y la carne sobre el estómago, por pudor.

 

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Martín Zúñiga Chávez (Cusco, 1983) ha publicado Relatos /5, Gavia, Pequeño estudio sobre la muerte, Cover, la antología de poesía joven arequipeña Rastros/Rostros y recientemente la editorial 3600 ha publicado una selección de su poesía bajo el título Exhumación de las Naves. Es integrante del comité organizador del Festival Internacional de Poesía de Arequipa, y desde hace una década realiza el proyecto LAE LEA Perú http://urbanotopia.blogspot.com.

f/martinzunigachavez

t/urbanotopia