Sin Duda y Sin Conocimiento

La reciente campaña en contra de la ideología de género ha vuelto públicas, una vez más, muestras de intolerancia compartidas en cantidades industriales en las redes sociales. Solo que en este caso no me refiero a los banners virtuales que también fueron compartidos por diversos fanpages de organizaciones religiosas, sino a las publicaciones inesperadamente cerradas de quienes supuestamente defienden una posición mucho más abierta y mejor.

El error es que la intelectualidad limeña mira a los activistas en contra de la ideología de género de la misma forma con la que los españoles observaban a los nativos latinoamericanos realizar sus ritos religiosos. Con una suma de desdén, arrogancia y otredad que hace inviable una reflexión que valga la pena acerca del tema.

Hace un par de días un grupo de personas numeroso y bien organizado salió a las calles sin una razón monetaria de por medio a defender algo en lo que creen con convicción. Varias de las personas que observaban a los contra-ideología de género dudaban si realmente estas personas no recibirían una ganancia económica luego de pasar horas en el verano más caluroso de Lima en dos décadas, colgando pancartas y vestidos como lo acostumbran los Testigos de Jehová (es decir, considerablemente cubiertos para la temperatura de estas semanas) Los más paranoicos hablaban de un financiamiento detrás, de parte de alguna organización de cabezas oscuras como el Opus Dei.

Para nosotros, nacidos bajo una ideología fragmentada e individualista, este tipo de manifestación suena extraterrestre. ¿Salir a las calles a defender algo que creo y por lo cual no se me dará nada más a cambio, ni siquiera el honor o la exposición en redes a los cuales la mayoría de los activistas contra-ideología acuden al menos diez veces menos que nosotros?

Los activistas contra-ideología son personas por las cuales el posmodernismo no ha pasado por encima, y viven con vehemencia y dogma sus grandes convicciones. Aunque suene difícil de entender, hubo un tiempo en que las personas solían salir “por nada” y hacer cosas “por nada” (es decir, sin un pago de dinero) masivamente, solo porque creían en ellas y veían en ellas una meta que los dignificaba y era provechosa para el resto.

Claro, los activistas contra-ideología, ensimismados en el lado menos auspicioso de ese gran relato de la moral cristiana en una de sus tantas subdivisiones, terminan defendiendo un código de valores sumamente irreal y discriminador. En lo personal, me parece que no tiene sentido a estas alturas forzar a la gente acomodarse a ciertos modelos bastante caprichosos sobre lo que es lo bueno y lo normal para las personas. La libertad individual, gran estandarte de todas las democracias desde 1789, es pisoteada por los activistas contra-ideología, y si bien los límites de esta tan publicitada libertad individual debieran ser discutidos, no es el peso del dogma el que deba caer sobre ellas.

Uno de los grandes logros indirectos de estas manifestaciones debe ser el de evidenciar claramente una clase de supuestos intelectuales (autores, profesores, universitarios, activistas y demás), que asumen que su posición al estar apoyada en “disciplinas más elevadas” son necesariamente ciertas y mejores. Lo real es que la ciencia no abarca todo, las verdades de la sociología también son falseables y el conocimiento no es una corona. El terreno de la filosofía no es la vehemencia ni el convencimiento plano, es más bien la duda.

Y duda y reflexión es lo último que hemos tenido. Claro que este no es un problema peruano o solamente de esta ocasión. ¿Cuántos de los llamados intelectuales peruanos realmente se tomaron enserio la candidatura de Keiko Fujimori e intentaron comprender a sus votantes, casi la mitad del país? ¿Cuántos votantes demócratas en USA se tomaron en serio las cerradas posiciones de los votantes de Trump?

Mientras los intelectuales no se puedan poner en los zapatos del otro no podrá haber diálogo. Mientras se otrifique, se tome como “extraños” y “contrarios” y se acuse a quien tiene una posición distinta, los problemas lejos de solucionarse se agudizarán y las brechas de valores entre unos y otros serán todavía más grandes. Una de las tantas cosas que hace la literatura es en ocasiones posicionarnos en lugares y situaciones que nunca viviríamos bajo nuestra piel. Los realistas rusos se preocuparon en llevar la vida del campo a los lectores urbanos de San Petersburgo, a manera de denuncia social. Los realistas peruanos lograron en su momento hacer importantes tanto cultural como estéticamente el problema del indio en la sociedad peruana de fines del siglo XIX. Ellos eran autores que, como Gonzales Prada, poco tenían que ver con los habitantes de las punas peruanas tanto en conexiones sanguíneas como culturales, pero se esforzaron para traer esa realidad a una clase intelectual que la despreciaba de antemano.

Es una enfermedad para los simpatizantes de izquierda, uno de los grandes bloques de la intelectualidad a nivel mundial, el insoportable tufillo de la superioridad moral. De las divisiones entre reaccionarios y revolucionarios. Científicos y religiosos. Animalistas y Crueles. Modernos y atrasados. Mientras la intelectualidad no se tome en serio analizar reflexivamente las situaciones que suceden frente a sus ojos y siga pensando que sus marchas y opiniones aplaudidas por amigos son medallas muy bonitas a colgar en la solapa, estarán muy lejos de registrar su tiempo, y acabarán un poco más mudos de lo que ya nos tienen acostumbrados.

 

Roberto Valdivia