Poemas de Diana Moncada

hey hola amigos del youtube, hoy les dejamos unos poemas de Diana Moncada, poeta venezolana radicada en Perú desde hace un año. Espero los disfruten, saludos 🙂

 

Giovanna, no seamos cómplices

El mar está sucio y las flores claras enturbian la liviandad de tus ojos. Si de memoria se trata no seamos cómplices, Giovanna. Admite que los brazos se te entumecieron meciendo un adiós aletargado. Admite que el sofá quedo vacío, que las huellas se desintegraron ante el descuido, que somos escarcha arrinconada entre viejos trastos y que la memoria se esconde de nosotras para confundirnos. Tu cuerpo, apenas perforado por una mañana hambrienta y sin temor a besar los gusanos de la noche, aun no madura. Lo miro disuelto entre disparos azules, luminoso, a punto de saltar hacia los témpanos antiguos.

Leo tu sexo como la cáscara suave de los temblores. Reprimes el grito, danzas atravesando la niebla andina, cantas un viejo blues para evadir los barcos que llegan incendiados a la orilla de tu desamparo, pero ambas sabemos que cierta forma de morir más ruda nos espera.

Tu silencio se abre impúdico, estás como muerta en una cama ajena imaginando la guerra. Lavo tu boca con estupor, intento nombrar la ternura de tu desnudez mientras te ríes como loca burlando a los espejos. A ti pertenecen los aullidos vagabundos, los esputos de los viejos, el desorden de las resacas y una lengua extraña.

No sabes a dónde ir Giovanna, los caminos son de agua y de agua los tormentos del futuro. Tu furia se hinchará obscena por toda la casa y lanzarás maldiciones hacia la inmundicia del cielo. Nadie podrá detener tu cabeza estallando contra todas las paredes. La cicatriz latirá fuerte contra la tierra, contra los hombres solos y temerosos que huyen de ti.

Sé de tu abandono, sé que hundes tus entrañas en una habitación remota para ocultarlas de ti misma. Repites la trampa conmigo y me confundes, busco las migajas de tus palabras en las servilletas arrugadas pero tu mutismo ha erigido una catedral sin fondo.
Creíamos que la costumbre de recordarlo todo / era razón suficiente / para lo indispensable. Agujas extranjeras empujan tus recuerdos hacia el sur. Tus manos, aun serenas, traman las historias de tus antepasados, arrastran suavemente la nostalgia blanca de los espectros y atraviesan los reflejos obstinados.

Tus frutos aún no maduran Giovanna, estás tan lejos, tan sola. Tu sensualidad es un santuario mínimo, como la fruta que juega a caerse durante las mañanas de octubre.

Frente a tu ventana las olas se baten cansadas, miras el horizonte y piensas en las cuatro estaciones del pasado abandonadas en una huída interminable.

¿Qué es lo que esperas Giovanna? ¿Qué venganza estúpida planeas en las faldas de una montaña innominada? Aquí no hay dioses, ni templos, ni pequeños ángeles revoloteando en la aurora. Aquí la calle es una sola, larga y marchita, llena de ojos y lenguas atroces. Tú brillas indómita sin entender nada, vaciándote, vaciándome, vaciando este lugar enmohecido de secretos.

Giovanna, tarde o temprano tus personajes aniquilarán tu imaginación y yo me extinguiré con ellos. Las ramas desnudas del norte te lanzarán mensajes de desamor. Todos dormiremos mientras persigues el ala carcomida de la belleza. Volveré a la fosa mientras descubres tu vulva rosada latiendo en una caja de regalo. Viajarás sin mí, sin nosotros, a través de un pasillo de claras protuberancias.

Giovanna, desenvaina tu espada, el simulacro apenas levanta su telón.

 

 

El silencio del mundo

Cubrí mis ojos de piedras para ver el silencio del mundo,

tu cuerpo era una alfombra mágica

sobre la que volamos hacia las carnes

incendiadas del desierto.

 

Enmudecidos

hallamos en nuestra danza el acertijo de todas las máscaras,

llenaste mi boca de amuletos

y abandonamos el círculo de nuestra primera alucinación.

 

La lengua trifásica nos envolvió en glaciares azules,

escogimos la hecatombe

como un lecho para desviar las formas futuras.

 

La garganta del mundo se iluminó sobre la noche

y volvimos la mirada hacia los mares tranquilos,

los peces flotaban como nubes apresuradas,

el mundo caía lentamente

hacia la boca de una ballena adormecida,

nos preguntamos,

¿acaso hay otra forma de morir?

 

Cubrí mis ojos de piedras para ver el silencio del mundo,

besé la fractura,

amé las fauces

de la bestia que fuimos.

 

 

Cielo rojo

El cielo está rojo, dijimos

y abrimos los ojos como lámparas sobre la maleza

Déjennos en nuestra trampa

porque esta ciudad no es una ciudad

ni este planeta un planeta

y este árbol es el sueño de un árbol que crece salvaje en una mañana clara de otro tiempo y de otro lugar

No somos lo que creímos ser

y así está bien

así las plumas siguen meciéndose

desapercibidas debajo de nuestras nucas

y mañana es una instantánea que se reproduce como una canción de verano

sobre las olas del mar que nos vigila

detrás de todas las esquinas de esta

ciudad placebo

ciudad precipicio

donde la única verdad

es que el cielo es rojo

y que caminamos lentos

sobre su ramaje de incendios y espesuras

sin encontrar el hogar la playa o la forma

que contenga el sueño sin edad que somos

 

 

Los hambrientos

 

Avanzamos como las nubes en su terrible poética del desgarramiento.

Somos el residuo que arrastra entre sus manos

el desfigurado gesto de ser.

 

Hemos heredado la desolada curva de la cacería

y henos aquí hambrientos

llenos de lodo y rabia

esperando de los espejos

la esquiva mirada en la que nacimos por primera vez.

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Diana Moncada Poeta y periodista cultural venezolana. Autora del poemario Cuerpo crepuscular, que resultó ganador en el Concurso de Autores Inéditos de Monte Ávila en el 2013. Prologuista del libro de entrevistas literarias Al filo de Miyó Vestrini, del sello editorial Letra Muerta. En 2016 ganó una mención en el I Concurso Nacional de Poesía Joven «Rafael Cadenas». Su trabajo periodístico ha sido publicado en diferentes medios de comunicación venezolanos y sus poemas en diversas revistas y plataformas. Administra su blog personal Antología de la conmoción. Actualmente reside en la ciudad de Lima.