Fragmento de Submundo de Don De Lillo

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El 3 de octubre de 1951 un estadio de Nueva York fue escenario de un partido de béisbol legendario que culminó en un grito colectivo cuando, en el último momento, los Giants consiguieron una inesperada victoria. Ese mismo día la Unión Soviética probaba la bomba atómica. Éste es el punto de partida de Submundo, en palabras de Salman Rushdie, «un libro magnífico de un maestro americano». Don DeLillo relata en su novela más emblemática cincuenta años de historia estadounidense, y nos ofrece una visión única del alma de la sociedad moderna: sus miedos y obsesiones, sus esperanzas y deseos, sus logros y frustraciones. Desde las grandes salas de baile de Nueva York hasta los bombardeos de Vietnam o la Guerra Fría, figuras que marcaron una época se mezclan con seres anónimos y juntos iluminan los secretos de nuestra era.

PROLOGO – EL TRIUNFO DE LA MUERTE

HABLA con tu misma voz —americano— y en sus ojos se detecta un brillo que siempre resulta esperanzador. Es día de colegio, desde luego, pero no anda ni mucho menos cerca de la clase. Prefiere estar aquí, a la sombra de la mole enmohecida de esta vieja estructura, y no es fácil culparle… esta metrópolis de acero y cemento y pintura desconchada y hierba segada y anuncios callejeros con enormes paquetes de Chesterfield de los que sobresalen un par de cigarrillos. La historia es el resultado de anhelos en gran escala. Aquí no hay más que un chiquillo que alimenta una aspiración localizada, pero forma parte de una muchedumbre en desarrollo, de miles de seres anónimos que brotan de los autobuses y los trenes, de gente que avanza a trompicones formando estrechas hileras sobre el puente giratorio que atraviesa el río; personas que no representan una migración ni una revolución ni una vasta agitación del alma pero que traen consigo el calor corporal de la gran ciudad y sus propios ensueños y desesperaciones, ese algo invisible que domina la época… hombres con sombreros de fieltro y marineros de permiso, el distraído revoltijo de sus pensamientos, camino del partido. El cielo muestra un aspecto pesado y gris, el gris turbio de la espuma de las olas. Se detiene junto al bordillo con los otros. A sus catorce años, es el más joven, y es posible advertir que no tiene un céntimo por la nerviosa inclinación que adopta su cuerpo. Nunca ha hecho esto anteriormente, y no conoce a los otros, entre los que tan sólo dos o tres parecen conocerse entre sí, pero no pueden hacer esto solos ni en parejas por lo que se han localizado mutuamente mediante miradas deslizantes capaces de detectar a otras almas gemelas igualmente temerarias y ahí están, chavales negros y chavales blancos procedentes del metro o de las calles de Harlem, sombras esbeltas, bandidos, quince en total, de los que según la tópica leyenda puede que logren pasar cuatro por cada uno que resulte capturado. Aguardan nerviosamente a que los pasajeros con billete despejen los torniquetes de acceso, el último grupo desgajado de hinchas, los rezagados y los ociosos. Observan la llegada de los últimos taxis procedentes del centro y de los hombres con brillantina que se aproximan con paso vivo a las ventanillas, agentes de seguros y ricachones de clubes nocturnos y peces gordos de Broadway, envueltos por un aura superior, arrancándose las bolitas de sus mangas de muaré. Situados junto al bordillo, observan sin dar muestras de ver, adoptando el aire un poco amargo de vagabundos callejeros. Ya se ha aplacado todo el alboroto, el parloteo y la agitación previos al partido, los vendedores ambulantes que recorren las atestadas aceras enarbolan tablas de resultados y banderines y entonan soniquetes ancestrales, tipos enjutos que te timan con insignias y gorras, ahora ya dispersos, de camino a sus cuartuchos en calles aisladas. Permanecen junto al bordillo, esperando. Sus ojos se tornan fríos y arrojan menos luz. Uno de ellos saca las manos de los bolsillos. Esperan y, de repente, se lanzan, uno de ellos se lanza, un irlandés que grita Gerónimo. Hay cuatro torniquetes junto a las dos taquillas. El más joven de los críos es también el más flaco, y se llama Cotter Martin; flaco y alto, con su camisa de polo y su mono, intentando no sentirse condenado de antemano, situado cerca de la cola de la avalancha, corre y grita con los demás. Gritas porque ello te inspira valor o porque quieres dar testimonio de tu intrepidez. Han desdibujado sus rostros en máscaras aullantes, los ojos apretados, las bocas distendidas, y corren con fuerza, intentando escurrirse por los pasadizos que separan las cabinas, y golpean caderas y codos sin dejar de gritar. Los rostros de las taquilleras penden tras las ventanillas como ristras de cebollas.

Cotter ve a los primeros saltar sobre las barras. Dos de ellos chocan en el aire y caen torcidos y desmadejados. Un revisor sujeta a uno de ellos por el cuello con una llave y su gorra resbala y se precipita a lo largo de su espalda mientras él intenta agarrarla con un manotazo ciego y al mismo tiempo —todo sucede al mismo tiempo— vigila al resto de aquellos saltavallas para evitar que le pisoteen. Corren y saltan. Se trata de una forma insensata de huida, con los cuerpos apretados en un coladero que comienza a tornarse real. Saltan demasiado pronto o demasiado tarde, chocando contra los postes o las barras radiales, trepando como personajes de dibujos animados por las espaldas de sus compañeros: qué pinta de estúpidos deben de ofrecer a los ojos de quienes les contemplan desde el puesto de perritos calientes, al otro lado de los torniquetes, qué espantosos chapuceros… una hilera compuesta casi enteramente por hombres comienza a mirar en su dirección, sus mandíbulas triturando la carne sudorosa y sus lenguas inundadas de burbujas de grasa, el caballero del final súbitamente inmóvil a excepción de una mano que continúa moviéndose de modo automático para aplicar la mostaza con un cepillito. El griterío de la chiquillería arremolinada rebota sobre el espeso cemento. Cotter cree distinguir un camino que conduce al torniquete de su derecha. Deja escapar de sí todo aquello que no le es necesario para saltar. Algunos siguen saltando, otros se lo están pensando, a algunos les vendría bien un corte de pelo, algunos tienen novias de jerséis esponjosos y el resto han aterrizado sobre la maraña y se esfuerzan por ponerse en pie y diseminarse. Un par de polis del estadio descienden retumbando por la rampa. Cotter va obviando estos elementos a medida que aparecen, apartando de sí el millar de oleadas de información que se estrellan contra su piel. Concentra su mirada sobre las barras de hierro que brotan del poste. Adquiere velocidad y parece perder su aire desgarbado, su alicaída pusilanimidad de hormonas e inadaptación y todas esas cosas tartamudeantes que sellan su adolescencia. No es más que un chiquillo a la carrera, una figura semiatisbada de las calles, pero así como la carrera revela ciertas trazas del ser, así como el que corre se desnuda a la conciencia, así parece abrirse al mundo este mocoso de piel atezada, así despierta en él la elocuencia la adrenalina de una docena de zancadas.

A continuación, despega y se ve suspendido en el aire, sintiéndose resbaladizo y elegante y en cierto modo profesional, volando de regreso de Kansas City con un portafolios repleto de efectos bancarios. Tiene la cabeza hundida, y su pierna izquierda salva los barrotes. Y en un instante prolongado, distante y aislado ve con precisión el lugar en el que aterrizará y la dirección en la que echará a correr, y aunque sabe que saldrán en su persecución tan pronto como toque tierra, aunque es consciente de que seguirá en peligro — mirando a izquierda y derecha— durante las próximas horas, ahora alberga menos temor. Aterriza blandamente y pasa con desenfado junto al revisor, que sigue intentando recuperar su gorra, sabiendo con total certeza — sabiendo— lo sin duda alguna, con toda la profundidad de su conocimiento, sintiéndolo retumbar en su corazón de corredor— que es inalcanzable. Aquí llega un corpulento policía municipal con su pistola y sus esposas y su linterna y su porra colgando del cinturón y un cuaderno de multas embutido en el bolsillo. Cotter le esquiva con un quiebro que casi le hace caer de rodillas y los consumidores de perritos calientes se doblan por la cintura para ver cómo el chaval cambia de dirección acelerando suavemente y despidiéndose del poli con un gesto del dedo: adiós. De vez en cuando se sorprende a sí mismo de esta suerte, realizando alguna acción espectacular surgida de caprichos insospechados. 4 Asciende a la carrera por una rampa en sombras hasta alcanzar una red de vigas y pilares que se entrecruzan inundados por la luz. A sus oídos llega el crescendo de los últimos acordes del himno nacional y ante su mirada aparece la enorme herradura de la tribuna principal y esa perspectiva desplegada del césped que siempre parece sugerirle que ha rebasado los límites de su existencia… el bruñido lustre que se extiende y se comba desde la arena rastrillada del campo interior hasta las elevadas verjas verdes. La excitación de algo recién revelado. Echa a correr a velocidad media, estirando el cuello para divisar las hileras de asientos, en busca de un hueco discreto tras alguno de los pilares. Se interna en uno de los pasillos de la sección 35, sumergiéndose en el calor y el olor de la masa de hinchas, penetra en el humo que pende de la parte inferior de la segunda grada, escucha las conversaciones, se introduce en el profundo zumbido, oye el estampido de las bolas de calentamiento al estrellarse en el guante del receptor, como una serie de detonaciones que arrastraran tras de sí la cola de cometa de un sonido secundario. Y entonces le pierdes entre la multitud. En la cabina de la radio están hablando de la multitud. Se diría que hay unos treinta y cinco mil, qué te parece. Cuando piensas en las maquilladas historias de los equipos, y en la fe y la pasión de los hinchas y en el modo en que todas estas fuerzas se entrelazan a lo largo de la ciudad, y cuando piensas en el propio partido, a vida o muerte, el tercer partido de un desempate a tres encuentros, y pronuncias los nombres de Giants y Dodgers, y te haces idea de hasta qué punto los jugadores manifiestan abiertamente el odio que se inspiran mutuamente, y recuerdas el tipo de año que ha resultado ser después de todo, el enfrentamiento emblemático que ha llevado a la ciudad a este éxtasis asfixiante, una contracción final que precisaría de algún término tomado del alemán para expresar la mezcla de placer y aprensión y suspense, y cuando piensas en su ciega lealtad, eso es lo que dicen desde la cabina: el amor por el equipo que impregna los distintos barrios y los recónditos suburbios y alcanza los condados productores de manzanas y el salvaje norte, ¿cómo explicas entonces las veinte mil plazas que aún quedan libres? Dice el locutor: —Lleva todo el día amenazando lluvia, y eso influye en el estado de ánimo. La gente decide que a paseo con todo. El productor alarga una manta a través de la cabina para separar a los miembros del equipo de los tipos que acaban de llegar de la cadena KMOX de St. Louis. Dado que no hay donde acomodarlos, habrá que compartir el espacio. Dice al locutor: —No ha habido ventas anticipadas, no lo olvides. Y dice el locutor: —A ello hay que añadir la paliza que sufrieron los Giants ayer, lo que no deja de ser serio, ya que una derrota de esa clase acaba con la moral de la gente. Créanme, porque yo vivo aquí. Desmoraliza a la gente. Es como verlos morir por decenas de miles. Russ Hodges, encargado de transmitir el partido para la WMCA, es la voz de los Giants: Russ tiene la laringe en carne viva y muestra todos los síntomas de un considerable trancazo, y no debería estar encendiendo ese cigarrillo, pero continúa diciendo: —Todo eso está muy bien, pero no estoy tan seguro de que exista una explicación lógica. En lo que se refiere a las masas, cualquier cosa resulta impredecible. Russ empieza a tener cierta papada, pero aún se advierten espontáneos rasgos muchachiles en sus ojos y en su sonrisa y en esos cabellos que parecen cortados a tazón y en ese traje que casi podría pertenecer a cualquiera. ¿Quién puede retransmitir partidos, 5 quién puede llevar a cabo sus crónicas jugada a jugada casi diariamente durante todo el verano sin identificarse con alguna forma del pasado? Escudriña el campo, sus atestadas esquinas, más que compensadas por los espacios de las profundas avenidas y del centro. El enorme reloj Longines que remata la sede del club. Pinceladas de color por doquier, como un fresco de sombreros y de rostros, y la verde tribuna y las pardas carreras entre base y base. Russ se siente afortunado de estar allí. Es un día único y él es el encargado de retransmitir el partido que va a tener lugar en los Polo Grounds, un nombre que adora, un precioso eco de cosas y de épocas anteriores al momento en que este siglo entró en guerra. Piensa que todos cuantos están aquí deberían sentirse afortunados porque se está cociendo algo grande, porque algo está subiendo. De acuerdo, quizá se trate tan sólo de su propia temperatura. Pero se sorprende recordando aquella ocasión en que su padre le llevó a ver la pelea de Dempsey contra Willard en Toledo y en lo que fue aquello, impresionante, en pleno Cuatro de Julio con cuarenta y tres grados y una muchedumbre de hombres en mangas de camisa y sombreros de paja, muchos con pañuelos extendidos bajo el sombrero hasta los hombros, como si fueran disfrazados de árabes, y la enormidad de la paliza que soportó el gran Jess en aquel ardiente cuadrilátero blanco, el modo en que el sudor y la sangre manaban vaporizados de su rostro cada vez que Dempsey le golpeaba. Cuando ves una cosa así, algo que se convierte en primera noticia, comienzas a sentirte portador de un solemne retazo de historia. En la segunda entrada Thornson golpea una bola deslizadora y la lanza sobre la tercera base. Lockman se arquea corriendo hacia la segunda con la mirada fija en el exterior izquierdo. Pafko se desplaza hacia la pared para atrapar la pelota al rebote. Los espectadores de las tribunas de la izquierda se han puesto en pie, inclinándose desde las filas delanteras, y algunos de ellos comienzan a arrojar papeles sobre el borde, hojas de tanteo rasgadas y carteritas de fósforos hechas pedazos, tazas de cartón arrugadas, pequeñas servilletas enceradas que han recibido con sus perritos calientes, pañuelos de papel con gérmenes de varios días que yacían aplastados en las profundidades de los bolsillos, todo aquello comienza a caer en torno a Pafko. Thomson avanza a grandes zancadas, rodea limpiamente la primera y se esfuerza por completar su carrera. Pafko lanza un buen tiro a Cox. Thorason, la cabeza gacha, progresa costeando hacia la segunda, y en ese momento ve a Lockman que, desde la base, le mira semihechizado, con el vestigio de una duda pendiente de sus labios. Tras días de cielos plomizos y de todas las horas pasadas la semana anterior ante el micrófono, con la garganta escocida, con la tos, Russ se siente febril y exhausto: viajes en tren, nervios y falta de sueño, y describe el juego con su habitual cháchara de toda la vida, con esa voz sureña que hoy suena un poco rasposa. Cox atisba bajo la visera de su gorra y pasa la pelota de costado a Robinson. Fijaos entretanto cómo Mays se aproxima a la base arrastrando el cuerpo de su bate por el suelo. Robinson recibe el tiro y gira en dirección a Thornson, quien aguarda con aire tímido a eso de metro y medio de la segunda. A la gente le gusta ver cómo caen los papeles a los pies de Pafko, cómo flotan sobre 6 sus hombros o aterrizan sobre su gorra. La pared tiene casi cinco metros de altura, por lo que se encuentra bien fuera del alcance de cualquier contacto, por mucho que se estiren: tienen que contentarse con ducharle de papeles. Fijaos en Durocher, en el foso del banquillo; es el entrenador de los Giants, el pétreo Leo, veterano y matón, con un rostro que parece sacado de la Guerra de las Galias, mientras musita en el puño apretado: «Santísima mierda todopoderosa.» Cerca del banquillo de los Giants cuatro hombres contemplan los acontecimientos desde el foso favorito de Leo cuando Robinson elimina con un tag a Thomson. Pertenecen en sus tres cuartas partes al mundo del espectáculo, Frank Sinatra, Jackie Gleason y Toots Shor, tres que llevan ya tiempo tomando copas juntos, y a los que acompaña un hombre bien vestido que tiene hocico de bulldog, un tal J. Edgar Hoover. ¿Qué hace el número uno de la administración de la nación en compañía de estos pelagatos? Bien, Edgar ocupa el asiento de pasillo y parece sentirse tan a gusto, sonriendo ante las groseras bromas que circulan del trovador al humorista, y de éste al dueño de club y vuelta al primero. Preferiría estar en el hipódromo, pero siempre se encuentra cómodo con esa clase de compañía, sea cual sea el ambiente. Le gusta frecuentar a ídolos cinematográficos y a celebridades del deporte, a profesionales del chismorreo tales como Walter Winchell, quien también se encuentra presente hoy, sentado junto a los jefazos de los Dodgers. La fama y el secretismo son dos aspectos opuestos de una misma fascinación, las interferencias que impregnan algo libidinoso que existe en el mundo, y Edgar responde ante las personas que tienen acceso a esas energías. Desea ser su fiel amigo del alma siempre y cuando sus vidas ocultas figuren en sus archivos privados, con todos los rumores recogidos y clasificados, con los hechos más oscuros convertidos en realidad. Dice Gleason: —Os lo dije, bobalicones. Hoy, el día pertenece a los Dodgers. Lo percibo en mis huesos de Brooklyn. —¿Qué huesos? —dice Frank—. Si los tienes podridos de tanto pegarle a la priva. El cuerpo de Thomson parece desfondarse, pierde vigor y resistencia, y Robinson pide tiempo muerto y recorre la distancia que le separa del montículo con esos andares pajariles que hacen que parezca que va caminando por un sendero torcido. —Los Giants tendrán que contratar a ese enano como-se-llame si quieren ganar, porque su única esperanza es alguna anormalidad de la naturaleza —dice Gleason— Un terremoto o un enano. Y como no estamos en California, más vale que recen por un duende con chándal. —Qué graaa-cia —dice Frank. A Edgar el tema le pone nervioso. Se muestra susceptible en lo que respecta a su talla, y eso que se encuentra a salvo entre las estaturas medias. Ha ganado peso en estos últimos años y cuando se mira al espejo para vestirse, con su corpachón y su cabeza de buda, el que le devuelve la mirada es un tipo gordo y bajo. Algo que los deslenguados de la prensa han confirmado como cierto, como si un hombre pudiera inspirar la presencia de los fantasmas que lo atormentan a las noticias públicas. Hoy en día es un hecho que aquellos agentes cuya estatura sobrepasa la media tienen pocas posibilidades de que los destinen a jefatura. Y es igualmente cierto que el enano al que se refiere su amigo Gleason, el sportif —de apenas un metro que salió una vez, hará seis semanas, a batear para los Browns de St. Louis en una actuacion que, según Edgar, constituía también un acto público subversivo, se llama Eddie Gaedel, y si Gleason llega a recordar su nombre emparejará Eddie con Edgar, tras lo cual comenzarán a volar de un lado a otro los chistes de bajitos como la proverbial  mierda estrellada contra el ventilador. Gleason alcanzó el éxito como comediante agresivo e insultante y nunca ha dejado realmente de hacerlo: lo hace gratis y porque le divierte, y va dejando vidas destrozadas a su paso. —No seas un mentecato toda tu vida, Gleason —dice Toots Shor— Sólo es una carrera de diferencia. Los Giants no han superado una diferencia de trece juegos y medio para echarlo a perder todo en el último día. Este es el año del milagro. Nadie tiene vocabulario con el que expresar lo que ha ocurrido este año. Esa cara de pan y esas manos de carnicero. Miras a Toots y ves a un veterano de los bares clandestinos, recio de cuerpo, pelo engominado y peinado hacia atrás y unos ojos achinados que enseguida te previenen. Nos hallamos ante un ex gorila que se dedica a arrojar a personas inocentes de su club cada vez que bebe. —Mays es el único —dice. Y dice Frank: —Hoy es el día de Willie. Va a soltarse a tope. Me lo dijo Leo por teléfono. Gleason imita pasablemente el acento entrecortado de los británicos cuando dice: —No pretenderás decirme en serio que ese tipo que sale a jugar va a hacer nada extraordinario. Edgar, que detesta a los ingleses, se dobla de risa mientras Jackie, entretanto, muerde su perrito caliente casi sin aliento y comienza a toser y a atragantarse y a lanzar briznas de carne y de pan en todas direcciones, perdigones y hebras, proyectiles ensalivados. Pero si algo conturba a Edgar son las formas de vida invisibles, por lo que aparta el rostro de Gleason y contiene el aliento. Quiere salir corriendo hacia el lavabo, a una habitación forrada de zinc en la que haya una ovalada pastilla de jabón sin estrenar, un torrente de agua caliente y una toalla suave y esponjosa que nadie haya utilizado anteriormente. Pero, claro está, no hay nada parecido en las inmediaciones. Tan sólo más gérmenes, un entorno constantemente plagado de agentes patógenos, microbios, colonias flotantes de espiroquetas que se unen y se separan y se alargan y se retuercen y devoran, cargamentos enteros de materia que la gente despide al toser de un modo tan letal como rudimentario. La multitud, el ruido constante, su aliento y su zumbido, ese rumor sordo que surge de vez en cuando, el indeterminado género de lo que comparten en sus respectivas experiencias del partido, el modo en que un hombre se rasca la muñeca o conforma una sarta de juramentos. Y esos aplausos encadenados que mueren rápidamente pero que nunca son suficientes. Aguardan para dejarse arrastrar por el sonido de cánticos y de rítmicas palmadas, formas prefijadas y repetidas. Es un poder que mantienen reservado a la espera del momento adecuado. Es lo que hará que sucedan las cosas, lo que cambiará la estructura del partido y les permitirá ponerse en pie de un salto, salir volando con un estrépito desatado que sacudirá el lugar hasta sus cimientos.

Dice Sinatra: —Jack, creo haberte dicho que te quedaras en el coche hasta que terminaras de comer. Mays batea grácilmente, pero en lugar de golpear la pelota de lleno envía un lanzamiento de rutina al encapotado cielo de octubre. El sonido del bate de fresno al entrar en contacto con la pelota alcanza a Cotter Martin, sentado en las gradas del costado izquierdo del campo con los huesudos hombros agachados. Está observando a Willie en 8 lugar de a la pelota, y le ve corretear un poco primero y luego recoger su guante del césped y correr sin prisa hasta su posición. Se encienden los focos, pillando a Cotter por sorpresa y alterando su estado de humor en medio de su reciente escapada, de la aérea sensación de haberlo hecho y de que no le pillen. El día se ha vuelto distinto, grave y amenazador, anunciador de lluvia, y observa a Mays en el centro del campo, mostrando un aspecto algo ridículo en un espacio tan grande, del tamaño de un crío, y se pregunta cómo puede el tipo realizar esos lanzamientos, girar y tirar, con semejante potencia. Le gusta contemplar el campo bajo las luces incluso si ello supone inquietarse por la posibilidad de lluvia, aunque aún es por la tarde y el efecto no es el mismo que en los partidos nocturnos, en los que el campo y los jugadores parecen completamente aislados de la noche que les rodea. Tan sólo ha acudido a un partido nocturno en toda su vida, bajando por la alameda con su hermano mayor para penetrar en aquel recipiente pintado de luz. Pensó que aquellas torres despedían una energía desconocida, una potencia terrenal más intensa que aislaba a los jugadores y a la hierba y a las líneas pintadas con polvo de tiza de cualquier otra cosa que hubiera podido ver o imaginar hasta entonces. Paseían el fulgor de las cosas nuevas. Igual que el corredor cuando frena derrapando para girar en primera base. Lo primero que sorprendió a Cotter, mucho antes que las luces, fueron los asientos vacíos. Durante su exploración de las gradas no hacía más que ver asientos vacíos, demasiados para que el fenómeno pudiera deberse a que la gente se había ido a comprar una cerveza o a orinar. Encontró un sitio libre entre dos tipos vestidos con traje y se limitó a felicitarse de su buena suerte, de la comodidad de un asiento como Dios manda, sin preocuparse de que hubiera tantos otros.

El hombre sentado a su izquierda dice: —Oye, ¿te apetecen unos cacahuetes? El vendedor de cacahuetes va a pasar de nuevo, un mago atrapamonedas de unos dieciocho años, negro y esbelto. La gente le conoce de otros partidos y otras entradas y se apresuran a escarbar en busca de dinero suelto. Le llaman para que les lleve cacahuetes, eh, aquí, una bolsa, y chasquean los dedos para arrojarle monedas que describen un arco similar al del lanzamiento de un disco, y las manos del vendedor parecen inhalar el metal volante. Tiene la piel magnética, ese malabarista circense especializado en atrapar centavos al vuelo para luego alargar bolsas de cacahuetes hacia el pecho de la gente. Se trata de un espectáculo emocionante, pero Cotter intuye un oscuro peligro en todo ello. El tipo le está volviendo visible, avergonzándole en su guarida de merodeador. ¿No es curioso el modo en que su colorido común logra salvar el espacio que los separa? Nadie había visto a Cotter hasta que ha aparecido el vendedor con esos rayos negros que brotan de sus manos. Un negro popular y amigo de multitudes. Un chaval astuto intentando pasar desapercibido. —¿Qué respondes? —dice el hombre. Cotter alza una mano indicando que no. —¿No te apetece una bolsa? Vamos… Cotter se aleja inclinando el cuerpo y alza la mano al estómago para indicar que ya ha comido o que los cacahuetes le causan retortijones o que su madre le dijo que no se llenara de comida basura porque luego no tiene apetito para la cena. —¿De qué equipo eres? —dice el hombre. —De los Giants. —Menudo año, ¿verdad? —No sé, con este tiempo es malo andar a la cola.

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Donald Richard DeLillo (Nueva York, 20 de noviembre de 1936), conocido como Don DeLillo, es un escritor estadounidense conocido por sus novelas que retratan la vida de su país a finales del siglo XX y principios del XXI. Es considerado por la crítica especializada como una de las figuras centrales del posmodernismo literario.

El reconocimiento como escritor le llegó con la novela White Noise (que significa “ruido blanco” pero fue traducida al castellano como Ruido de fondo), publicada en 1985. A esa le siguieron, entre otras, la novela Libra (1988), Mao II (1991) y Submundo (1997), considerada su mejor obra. Después de publicar esa novela, se produce un “cambio sutil” en las obras de DeLillo, que se vuelven “más breves y meditativas”, con “puentes que entroncaban con las artes visuales”.