Mild at heart and not weird enough o el porqué no me gusta Into the wild de Sean Penn

 

 

Quisiera iniciar con la comparación entre dos películas: Wild at heart (Corazón Salvaje) de David Lynch e Into the Wild (Hacia rutas salvajes), escrita y dirigida por Sean Penn. El film de Lynch cuenta la historia de dos prófugos enamorados,  Sailor y Lula, perseguidos por sicarios contratados por la madre de esta, quien se opone a la relación. La pareja huye por su “camino de ladrillos amarillos” hacia New Orleans, donde esperan poder casarse. Se trata de una road movie ambientada en una versión caricaturesca, violenta e hipersexualisada del mundo;  repleta de referencias al Mago de Oz, Elvis y la cultura popular en general; y personajes carentes de substancia, sostenidos solo por estas referencias (en un estilo en el que Tarantino fue pionero, a pesar de que Pulp Fiction se estrenó cerca de 5 años después). Por su lado, Into the wild presenta también un joven que huye de casa. El protagonista, Christopher McCandells (quien se rebautiza a sí mismo como Alexander Supertramp), huye del estilo de vida “materialista” en que ha sido criado para encontrar la “felicidad” al liberarse de cualquier lazo material. A lo largo de la película, McCandells, se topa con distintos personajes a los que “inspira” con su ascética forma de ver el mundo, hasta que finalmente llega a Alaska (su máxima aspiración), donde muere envenenado por comer las vallas equivocadas.

 

Ambas películas guardan muchas similitudes (a simple vista en el título, en la condición prófuga de sus protagonistas, ambas suceden en 1990, etc.); sin embargo hay una diferencia abismal entre una y otra. Por ejemplo, mientras que Wild at heart sucede en una versión alterna (paródica) de la realidad, la película de Sean Penn está basada en una historia real (de hecho en un best seller basado en un hecho real). No resalto esta característica solo con el propósito de evidenciar el desplazo de la representación frente a la presentación, lo que aparece en otras artes y expresiones culturales de forma menos forzada (después de todo, esta no se trata de la primera película basada en hechos reales ni es un fenómeno propio del siglo XXI); lo peculiar aquí está en que, mientras que Lynch nos envía en un viaje a través de una ficción para acercándonos aún más a lo real, la historia basada en hechos reales está dirigida por la idea de desconectarse del mundo, lo que coincide con el intento del mundo posmoderno por suprimir la realidad objetiva y sumergirse en la pura experiencia subjetiva.

 

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Recordemos la escena de Corazón Salvaje en que Lula va conduciendo mientras intenta sintonizar la radio y su desesperación al toparse con reportajes sobre atrocidades en cada estación. A continuación, para el auto hecha un manojo de nervios y despierta a Sailor rogándole que encuentre una emisora con música, la escena termina con la pareja bailando frenéticamente una canción de trash metal que se convierte repentinamente en una balada. ¿Qué nos dice esa escena? ¿No podría indicarnos que la importancia de que la narración transcurra en un universo alterno radica en la imposibilidad de representar la violencia de América hacia fin de siglo de forma directa? Contrapuesta, pensemos, no específicamente en una escena, sino en la frase que McCandells talla en un trozo de madera: “Sin estar ya envenenado por la civilización, huye y camina solo por la tierra para perderse en lo Salvaje. Alexander Supertramp, Mayo de 1992”. O en su declaración en el almuerzo en que sus padres orecen regalarle un auto: “No necesito un auto nuevo, no quiero un auto nuevo, no quiero cosas”.

 

Este proceso de subjetivisaciòn deja obsoleta la réplica de Nahomi Klein en contra de un capitalismo gris y uniformado en que se castiga la individualidad y el pensamiento libre. La mayor parte de altos ejecutivos le darían la razón, basta ver el espacio publicitario en la televisión para ver que eso es exactamente lo que te venden: se individual, se único(a). Esta situación debería llevarnos a cambiar nuestra postura, pensar que este intento de preservar la esfera íntima de la privacidad, de la embestida del intercambio publico alienado/instrumental, resulta en la intimidad misma transformada en una esfera “mercantilizada” completamente objetivada. Es decir, retirarse a la privacidad hoy significa adoptar fórmulas de autenticidad privada propagadas por la industria cultural reciente (desde tomar clases de iluminación espiritual o yoga, hasta salir a correr cada mañana o ir al gimnasio, pasando por mudarse a Alaska para alejarse del veneno que es la civilización).

 

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Ahora bien, si es que McCandells es una suerte de buda occidentalizado indiferente a las pasiones (que llega a rechaza incluso el sexo), Sailor y Lula son la encarnación perfecta del amor al prójimo cristiano. Hay un contraste obvio entre la compasión universalmente abarcadora, del budismo, y el amor al prójimo cristiano. El budismo aboga por suprimir las pasiones que establecen la diferencia, mientras que el amor cristiano es una pasión violenta por generar diferencia, una brecha en el orden del ser que pugna por elevar un objeto por encima de todo lo demás. El verdadero hedonismo en la película no es hedonismo sínico representado en las múltiples escenas de sexo, sino el representado al principio y al final de la historia. Al inicio de la película, Sailor es atacado por un negro, contratado por la madre de Lula. Tras un despliegue de violencia de caricatura, mata al atacante y es enviado a prisión. ¿No es esta exageración del viejo cliché del hombre que mataría por su amada posible tan solo en un mundo previo al fin de los ideales posmoderno? Un ejemplo más fuerte se encuentra en la traición, a lo Judas Iscariote, que el delincuente juvenil se ve obligado a cometer hacia el final: llega a la conclusión de que el futuro de Lula sería mejor sin él. Si bien, a continuación el deus ex machina de Gilda la bruja buena los reúne nuevamente, la prueba máxima de la capacidad de elevar algo o alguien por encima de todo (incluso del placer inmediato) es justamente esa traición (por su bien).

 

Lejos de hacer apología al cristianismo, mi objetivo aquí es mostrar porque prefiero una película sobre la otra: Sailor, en su condición de delincuente juvenil que se deja llevar por el exceso de su pasión hasta el punto de negarse a si mismo, está más cerca de ser un modelo a seguir que Christopher en su engañosa búsqueda de iluminación espiritual.