Sobre Poetas en la Arena, antología de poesía iqueña por Jorge A Castillo

Puedes leer una breve declaración al respecto de este texto por el autor en este enlace.

Poetas en la arena. Antología de la poesía iqueña. Selección y presentación de César Panduro

por Jorge A Castillo

Tal vez la virtud del libro sea que este refleje el propio gusto de Panduro. Es decir, su propia estética reflejada en las 228 páginas que la conforman. Hacer la antología de una serie de poetas iqueños la extensión de su propia poética. Inmediatamente surgen preguntas. ¿De qué está hablando este tipo? ¿Cuál es ese gusto del antologador reflejado en los antologados? ¿No tienen los antologados personalidad propia? Bien, vayamos por partes. En principio, en el prólogo o presentación, no hay una idea de qué busca ni qué pretende Panduro, no sabe qué delimita o cuál es su afán de agrupar a determinados poetas que van desde finales del siglo XIX hasta nuestros días, incluyéndose (de pésimo gusto) él mismo. ¿Su afán es solo juntar iqueños? Nunca queda claro porque nunca en el prólogo parece hacer referencia a qué busca. En un afán, que diríamos honesto, un antologador busca (más allá de los archisabidos tópicos geográficos, generacionales, contextuales) entre distintas poéticas algo que él intuye y que confirma (o no) con el libro. Nada de eso hay en este prólogo porque parece que nada busca, sino confirmar lo que (incluso lo más ignorantes sabíamos) es la poética iqueña: “el paisaje es el tema central de la poesía en Ica”. Eso lo dice el antologador y líneas después vemos confirmarlo en los poemas seleccionados. Más allá de eso, no hay nada. Claro sí, se comenta las variantes en torno al tocamiento de ese tema, hay desde los más bucólicos y contemplativos hasta los llenos de humor e irónicos.

Esto es muy general pues hay también excepciones interesantes. Vayamos un poco a los datos técnicos. La antología, bastante amplia en un marco de tiempo, abarca a poetas nacidos desde año 1881 hasta el año 1990. Son 109 años de poesía iqueña. De comparar edades, el primer poeta tendría 136 años y el último 28. El primero es Luis Navarro Neyra y el último Brayan Rojas Osores. Aunque parezca curioso, de algún modo se parecen: ambos tienen una vena algo preciosista en el tratamiento de sus textos. El primero inclinado más por una descripción idealizada de su terruño y el segundo por un toque mágico y surrealista de lo mismo. Uno se pregunta, después de leer este detalle, ¿en verdad se parecen o es que el antologador buscó esa orientación? Una cosa, aunque no dicha en el prólogo, está sugerida (y tal vez por eso mismo digna de sospecha), es que en Ica no ha habido una poética más allá del tema paisajista y que este ha sido el único tema que ocupó a sus poetas. Pero seamos más incisivos aún. Son 32 poetas seleccionados de casi poco más de un siglo de poesía iqueña. Para estudiarlos, los he separado en dos grupos: el primer grupo, que llamaré “los viejos hurarangos” son los que tienen una marcada estética, que ya mencioné líneas arriba, paisajista, provinciana e incluso intimista; en el segundo grupo está al resto, quiero decir que son poemas que han abierto más el abanico temático y su tratamiento tienen enfoques distintos, lenguajes variados y muchos casos interesantes, el segundo grupo son marcadamente los menos, los llamaré “los nuevos huaranguitos”. Las 3/4 partes del libro están conformadas por “los viejos huarangos”. Dicho más claramente, de los 32 poetas antologados, 27 poetas son “los viejos huarangos” y 9 son “los nuevos huaranguitos”. Esta división responde también a un orden cronológico, pues así también está ordenado el libro, el primer grupo va desde Luis Navarro Neyra hasta mediados del siglo pasado con Gaby Cevasco, y el siguiente grupo comienza con Paul Guillén que publica a principios de los 2000 y termina con Brayan Rojas, el más joven de todos. A continuación comentaré muy generalmente a “los viejos huarangos”, pues su estética está ya bastante clara y explicada en el transcurso del libro; de los “nuevos huaranguitos” sí me ocuparé con mayor detalle.

Los viejos huarangos

De tratamiento preciosista, de añoranza, de paisaje con el tufo bucólico escapándose en cada verso y con un lenguaje bastante sencillo y poco cuidado en algunos casos, hay dos excepciones que superan al resto con creces: Gerardo Pérez Fuentes (Nazca, 1943) y Gaby Cevasco (Ica, 1952), poetas distintos y potentes que poseen un lenguaje más interesante, plástico y novedoso que el resto. (También podría sumarse a este grupo Antonio Maurial quien publicó Cantos Nazca, un libro interesante y raro para el habitué iqueño, no incluido en esta antología.) Gerardo Pérez Fuentes parece contarnos la fundación de una ciudad donde los hombres están ausentes y la naturaleza, que no sabemos si viva, parece enfrentarnos al renacer entre los huesos. El tiempo borrado, aunque tratado como un pasado de gesta, épico, parece actual si encontramos con lo que ya sabíamos, la muerte. La invocación a jilgueros como piedras en la arena, a viejos saurios y pterodáctilos y un viento que viene juntándolo todo como anunciando una nueva era. Son los poetas interesantes, de todos los tiempos y lugares, los que fundan una nueva vida, una nueva era, esos son los poetas a los que debemos abrazarnos para descubrirlo todo de nuevo. La feminista Gaby Cevasco no da tregua al lector, parece querer desnudarse en su canto, romper sus vestidos y ataduras (que podemos suponer son las dificultadas de ser mujer en una sociedad machista), para anunciar la procreación de un nuevo mundo. No sabemos cuál será ese lugar, pero su grito es desgarrador y violento, hacia el final del poema pierde un poco ese dolor inicial cediendo hacia a figura de la madre como la nueva gestora de sus entrañas. Diríamos que se somete un poco, cansada tal vez, de tanto grito. La mención a un vínculo sediento de los desiertos, de los reptiles, de ojos que se unían en un nuevo sexo con el universo es potente. Al final, como decíamos, le gana un poco la vertiente algo social y materna y parece buscar hacer las paces. En ambos poetas, el paisaje desértico es el impulso creador, el lugar donde se esconden misterios que se develarán como un canto ronco de la noche. No hay idealización en esos paisajes, ambos poetas son conscientes de una suerte de conflicto que los posee y parecen evadir los lugares comunes del paisaje crepuscular para concentrarse en una suerte de épica de nuevo mundo. En la literatura latinoamericana tenemos muchos ejemplos de poetas que tienen ese tono y brillo, pienso en Raúl Zurita de Chile, por ejemplo, cuando habla de los desiertos de Atacama, o en Javier Heraud y el nacimiento río abajo en una nueva constelación de vida. Tanto en Gerardo como en Gaby, su lenguaje parece más bien influenciado por un ritmo anglosajón, por la cadencia, su fluir más directo y con menor adorno que, sin dejar de ser paisajistas, escapan al lugar común del paisaje evocado como un tiempo ilusorio, idealizado por su belleza, que diluye un conflicto personal y social con la Ica de su tiempo. Por eso, toda la poesía anterior de este grupo, a excepción de estos dos poetas, me parece falsa. Si quieren bella como Bernabé Uribe o Luis Navarro Neyra, o social compasiva como Orfelinda Herrera, o telúrica como Augusto Rojas, o folklórica “inteligente” como Alberto Benavides, o irónica por momentos como Miguel Sevillano o Alberto Ormeño: todas me parecen falsas. No me conmueven. Hay casos sí ya francamente cursis como los poemas Teresa o Nada amargo puede haber de José Muñoz García o Estadística de César Panduro. Un detalle: al grupo de Los viejos huarangos, que son los nacidos hasta mediados del siglo pasado, he agregado a dos poetas jóvenes: César Panduro y Hugo Rodríguez Guzmán. Que aunque jóvenes, hacen una poesía como de viejitos. Siempre evocando el tiempo pasado que se perdió (¿quién no pierde cosas, personas?) lamentándose de una manera dulce (imposible) y compasiva, haciendo hincapié a referencias históricas y paisajistas que parece clavados a principios del siglo pasado. Dándole un tratamiento falso al tema, evitándolo, llamándolo sin llamarlo, lleno de floritura es romántico y predecible. Los viejos huarangos son poetas donde el tema paisajista está más claramente manifiesto y el lenguaje parece en funcional a ello. Con las excepciones que mencioné, incluso José Hidalgo es interesante por momentos, son poetas que han envejecido rápidamente y no parecen tener relevancia en un panorama mayor.

Afiche Poetas en la arena

Los nuevos huaranguitos

Con este grupo seré aún más exigente, pues ellos pertenecen a mi generación, por lo tanto somos coetáneos y podemos tratarnos de igual a igual. En principio, quisiera acotar algunas cositas. La primera: ¿por qué hay un hueco en las generaciones del 60, 70 y 80? Hay algunos poetas que se filtran tímidamente pero ninguno más. El poeta Jesús Cabel, por ejemplo, aparece con poemas de su libro Cuarto Austral, aunque estos poemas fueron escritos en Tacna (¿?). La segunda: ¿por qué no está el poeta kloaka Domingo de Ramos si es iqueño y genial? La tercera: ¿por qué los no hay poetas millenials en Ica?

Bien, Los nuevos huaranguitos comienzan con Paul Guillén que publica hacia principios de la década pasada. Paul Guillén está más relacionado a Lima, incluso al extranjero (vive en EE.UU.) que a Ica. La poesía de Guillén ha cambiado mucho en estos tiempos. Su estética se ha vuelvo más mutante, menos horazeriana (recientemente dirige el sello editorial en Lima, Perro de ambiente, que publica libros objeto) Es un acierto que se haya incluido a Paul en este libro. Navale Quiroz es quizá la poeta joven más reconocida. He leído Nohombre con sorpresa y cuidado. Pero, más aún, recientemente le escuché leer unos poemas que llamó tentativamente “Crónicas del desierto”, un grupo largo de poemas en la que hay un redescubriendo del desierto a partir de un yo frágil y curioso. Este característica va a estar presente en sus anteriores poemas, cuestionándose la corporalidad de quien la habita, un cuerpo inasible, de algún modo es una evasión, ese no habitarse se resuelven con un manejo adecuado de versos cortos, casi a modo de preguntas, que la naturaleza parece acompañar al ritmo y a  cierta búsqueda de un quantum de paz y tranquilidad. Esta poética, diría yo, es evolucionada en “Crónicas del desierto” donde hay imprecaciones, preguntas a un infinito, a animales prehistóricos, a habitantes de otros mundos, a descubrir lo que bajo el manto de arena tiene para nosotros. Estos últimos poemas me conmovieron y espero que esa línea se amplifique. Creo que hay cierta búsqueda de preciosismo y su relación con la madre tierra, la serranía, juegan un poco en contra de Navale, pues tal vez esa tara, no infrecuente entre los poetas, localistas, reduce una mayor amplitud de su voz. Otro poeta incluido en este apartado es Helmut Jerí. También novelista, poeta antologado en distintos medios, su bibliografía es amplia y copiosa, pero esto no se traduce en su poesía: plagada de lugares comunes. Aunque trate el amor con ironía, cierto humor y desvelo, es el fondo una idealización del mismo. Falsa. Me pregunto, ¿hasta cuándo vamos a escribir sobre la mujer como alguien especial, “incomprensible” y mientras el hombre es el bruto amoroso? Esa ironía cisnerosiana no cumple su cometido, pues normalmente queda en la anécdota. El truco aquí es tener una mirada original pues sino queda en el mero chiste. Un chiste, lo peor, que no da risa. Esa tendencia cisnerosiana ha sido harto explotada por nuestros poetas ya hace varias décadas. Es harto complicado, me parece, porque requiere una mirada novedosa de un fenómeno nada novedoso (el amor, los afectos, las relaciones sociales). En ese sentido, se parece a William Siguas, incluido también en esta antología. Con mayor fortuna, Wiliam ha optado por este camino cayendo en menos vicios de facilidad y utilitarismo. Siendo menos narrativo, ha preferido reírse un poco de él mismo, de su Comatrana y su advenimiento como alguien solo y curioso que la fortuna le parece esquiva. Sazona sus versos con algunos entreparéntesis para darle otra extensión semántica. En el mismo sentido que Helmut, me parece que su propuesta se agota en sí misma. La voz que parece cuestionarse sobre sus azahares parecen relatos de fracasos que ya hemos leído en otras partes. Otra poeta de esta antología es Andrea Castillo que tiene textos como tentativas a algo mayor que no se nota. No tiene libro editado aún, sino que ha publicado en distintas antologías y participado en recitales. Lo interesante es que parece que los versos de Andrea lanzan preguntas al aire, unos cuestionamientos que parecen no tener respuesta y donde creo que podría desarrollarlos, parece que más bien se frena un poco. Las preguntas son sobre la soledad o el tiempo desde una fragilidad recurrente. Estamos a la espera de su libro para tener una opinión más formada. José de la Roca es otro de los poetas seleccionados. Premiado por su libro La casa de la Roca, ha sido reconocido como un poeta arriesgado, como un “experimentador del lenguaje”. Es nuestro “Hinostroza” iqueño. Temo decir que tales adjetivos son solo un alegre síntoma de nuestro provincialismo. El problema con De la Roca es la impostura. Sus imágenes y su tratamiento están vacíos de contenido. No le creo. Su libro es una construcción arquitectónica con ladrillos de papel. Parece un yuppie intelectual con botas de cuero en un charco de la Achirana. Su poemario parece iniciarse en una búsqueda sincera de una pro totalidad, pero fracasa cuando se entretiene en jueguitos del lenguaje y en una retórica disimuladamente pomposa. Es ambicioso pero le falta honestidad. Tiene recursos técnicos pero que los exhibe como quien se pavonea a la salida de shopping. Todo eso creo le resta furor y nervio a su poemario. Aun así, y con sus pesquisas griegas, parece el poeta más atrevido de todos, y eso me parece un mérito. Creo que la poesía por la destreza es solo un exhibicionismo ingrato. La sensibilidad serrana del poeta Santos Morales Aroní está expresada con el poema Panicha que, sin embargo, no le hace justicia a un poeta cuyo mayor mérito es tener la fuerza vibrante y sensible de los andes en sus versos. Ha publicado Flor de lluvia y está compuesta de poemas, algunos breves, donde transita ese lado de fina sensibilidad andina. En ese sentido, comparte con Navale Quiroz esa estética. Siempre he pensado que la sensibilidad serrana es muy particular y que para abordarla se requiere, además de tener al quechua como lengua materna, un contacto especial con la naturaleza. Eso nos podemos dar cuenta desde José María Arguedas. Santos habla de su pueblo que aborda con varios tópicos bastante conocidos, el picaflor, el sol, el jilguero, la familia, los cerros, la nostalgia, los besos perdidos, los ríos, pero luego se despercude rápidamente para dar paso a una voz que ya no reclama (como es bastante usual) un lugar perdido sino lo recorre de otro modo, con una dicción distinta, con repeticiones como pausas. Santos insistirá esto en Urancancha, versos sobre su terruño natal que tienen una perspectiva mayor, en la que hablan el abuelo, de un gallo loco, de los sueños, un perro, las plantas, en suma un coro andino retumbando su corazón. Tengo fe que Santos dará mucho más de lo que ha publicado. Tergiverso es el libro de la poeta Marilia Navarro, quien es además una locuaz activista por los derechos LGTB. Sus textos son como breves reflexiones sobre su identidad sexual, una identidad por momentos dudosa y deseosa de respuestas, y por otro lado más afirmativa y segura de que debe serse fiel a sí misma. Hace un ajuste de cuentas con la sociedad, la familia, la religión, la sexualidad. La literatura homosexual tiene una pequeña pero fuerte representación en nuestros medios donde cada vez las minorías sexuales van ganando espacios con justo derecho. En particular, la literatura lesbiana tiene una copiosa antología hecha por Melisa Ghezzi, Voces para Lilith. La misma poeta ha publicado Matrimonio igualitario un libro que, según críticas leídas en web, parece interesante. Un libro en esta misma línea y sumamente potente por su lenguaje festivo, trágico y vehemente es MVXO Música para monstruos de Rafael García Godos, aparecido también el año pasado. El problema con los textos de Marilia es que se quedan en un tono muy secreto, intimista, su reflexión es básica y demasiada localista pues la fuerza de sus reflexiones parece confesiones de bidé (aunque Charly García estaría contento con esta última frase). El último poeta del libro es Brayan Rojas quien ha publicado varias plaquetas financiados por él mismo. Brayan es un poeta de versos breves, de vertiente paciana, que parece buscar una instante fugaz de belleza y contemplación. La referencia a colores (azul, amarillo), a la naturaleza, al amor como fin mismo, a lo fugaz es algo recurrente en sus poemas. Hacer poemas como los que pretende Brayan es sumamente difícil pues atrapar esa belleza de la fugacidad en unas cuantos versos parece una empresa difícil porque a veces se suele caer en lugares comunes, como en ocasiones le sucede. Por eso, Rilke justamente recomendaba evitar esos “grandes temas”. Brayan, en un contexto como el actual, es un poeta raro que parece que busca, como un guerrero solitario, su propio camino, estableciendo su bushido personal como un buen samurái. Considerado una joven promesa iqueña, esperamos pronto su libro.

Estos son los poetas que conforman el libro Poetas en la arena. Como resumiendo, y dije anteriormente, este libro parece un libro hecho a medida de su antologador, en sus diferencias todos parecen tener una misma vena. Cierta romantización del amor, su idealización como si fuera un sentimiento de principios del siglo pasado, y no actual, con todos sus desbocamientos y tratamientos más radicales y descreídos (las mismas feministas hace mucho cuestionan la idea de amor romántico). En la misma línea, el paisaje iqueño es un marco postal que sostiene esas reflexiones, contemplativa y bucólica, que no se condice con una ciudad como Ica, que siendo tan pequeña tiene dos centros comerciales y que en semanas como esta (el Festival de la Vendimia) los iqueños se embuten de pisco y el amor vibra demoliendo hoteles. En su búsqueda de imágenes sencillas, Panduro ha caído en vicios pasados de moda, ha reducido la posibilidad del conflicto y complejidad de la poesía en una apuesta por lo más acartonado y falso. No dudo que Panduro sea un buen lector y conozca bien la poesía iqueña, sino que ha preferido una lectura ombliguista. Creo que se han dejado otros temas fuera del radar del antologador y que puede ser tan creativos, vigentes y necesarios. Así como el norte tienen a los Mochica y Chimú, nosotros, en el sur, somos privilegiados porque tenemos a dos de las culturas más importantes de la costa peruana, los Nazca y Paracas. Ambas culturas de una riqueza visual y poética que inspiraron tanto a Eielson, por ejemplo. Como las Líneas de Nazca que están explicadas en interesantes libros como Ica, señales al cielo, o cómo esta misma ciudad es, como pocas ciudades del Perú, un centro energético para fenómenos como los avistamientos ovni o contactados o toda la evidencia de arqueología prohibida que está señalado en A los 33, ambos libros del investigador Álex Sénder. Asimismo, Javier Cabrera Darquea ha estudiado en El mensaje de las piedras grabadas de Ica los petroglifos como un lenguaje alienígena, proponiendo una reinterpretación de la historia de las especies como una visión delirante, creativa y muy informada. También, aunque más tangencialmente, en el Enigma de los 9 dedos, Rodolfo Chalco ha estudiado este fenómeno desarrollado en la región. En suma, Ica es una tierra de misterios, rica y compleja por donde se la mire que ha tenido desde hace siglos un mensaje distinto para la humanidad que no hemos podido decodificar con exactitud, además de culturas prehispánicas ricas en manifestaciones culturales que se cultivaron mirando los andes por el comercio y por el lado del mar, la rica fauna marina, plasmada en magníficos telares. Esto es un nuevo lenguaje, lo han planteado algunos investigadores. Los enigmáticos desiertos y sus geoglifos son un tema por investigar. Y como estos son tiempos de interconexión, e Ica no está aislada del resto, pues hay una variedad de temas que son obviados y que deberíamos también explotar: la virtualidad, los microfacismos, las relaciones de género, las redes de sobreinformación, la basura informativa, las nuevos mecanismos de control, la decadencia de nuestra clase política, la poshistoria, el post posmodernismo, los nuevos lenguajes de las redes y la tecnología, y, sin ir más lejos, la ciudad de Ica está plagada de corrupción, ineficacia y mediocridad, con basura en sus calles y conservadurismo en sus gentes que me parece que los poetas se cierran a eso y prefieren seguir con su llanto. ¿Por qué no poetizar esto que se mueve frente a nuestros ojos?

En el año 1825, el iqueño Domingo Elías volvía de España donde estudia negocios como su padre. Criollo, hijo de españoles, había desarrollado un instinto para los negocios y retornaba al Perú, ya libre e independiente, a ponerlos en práctica y seguir su camino. Era ambicioso, pero honesto, según parece sugerir Alfonso Quiroz en su libro Historia de la corrupción en el Perú, un libro muy mencionado en estos días donde la corrupción parece poblarlo todo. El libro está dividido en capítulos que analizan las formas de corrupción y sus vicios que van desde mediados del virreinato hasta los 2000. Cada capítulo desarrolla una etapa de la historia y en cada etapa hay un héroe que lucha contra la corrupción naturalizada. En la etapa que va de 1821 a 1859, nuestro héroe es Domingo Elías. Es joven, impetuoso y es iqueño. ¿Raro no les parece? Quiero decir, para quienes lean este libro, se darán cuenta de que la corrupción en la vida social y política está insertada hasta el tuétano. Es normal corromper y ser corrompido. Es lo habitual, todos lo hacen. Pero no Domingo Elías, quien importaba telas de España, le pedían coimas para hacer el desembarco en el puerto del Callao. Se peleó con medio mundo. Decidió mudarse al puerto de Pisco y desde ahí hacer continuar con su empresa. Ahí inició su lucha contra la corrupción. ¿A dónde quiero llegar con todo esto? Lo que quiero decir es que no es cierto que todos somos así. Que en nosotros también puede habitar un Domingo Elías que haga las cosas distintas. Lo mismo con la poesía. ¿Por qué debemos seguir escribiendo así, si somos jóvenes y son otras nuestras ambiciones, otro nuestro tiempo, otra nuestras contradicciones? La poesía es joven no cuando la practican jóvenes de edad, sino de espíritu. No es que tengamos que idealizar lo joven (muchos vicios también se cometen aquí) sino la de la conflictuar nuestro tiempo y abrir nuestros sentidos al ojo del mundo.