DE ESPALDAS AL PATRIARCADO: Sobre poesía femenina, capital y la astucia de la historia

NOTA: Este artículo ha visto la oportunidad de ser re-escrito gracias a ciertas situaciones en particular ocurridas esta semana; la creación del COMANDO PLATH, que reúne a un vasto grupo de mujeres que escriben y que están hartas del machismo dentro de las escenas literarias, y la aparición de un cadáver exquisito/manifiesto de éste mismo formado por (algunas de) las frases machistas y denigrantes que hemos escuchado a lo largo de nuestras vida. Admito abiertamente y sin vergüenza que participé en tal cadáver y que sigo presente en el grupo. Lo que busca este pequeño artículo es la discusión y el debate en torno a una cuestión que creo, las mujeres dentro de los pequeños pero curiosos círculos literarios no hemos asumido como tal. Cosa que al fin y al cabo, también nos lleva a una necesaria reflexión en torno al todavía incipiente movimiento feminista en nuestro país y al norte de éste mismo. Por eso, pido que la lectura de este texto sea concienzuda y honesta. Si existe algún desacuerdo con lo que se plantea, estaré presta a la crítica y a la confrontación de ideas públicamente. Agradezco el espacio a Poesía Sub 25, con quienes siempre es un gustazo colaborar.  (Valeria Román Marroquín)

i.
(burn the witch: poetisas, poetas, mujeres que escriben)

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Históricamente, la otra mitad de la humanidad ha sido rezagada dentro del campo intelectual de manera sistemática. Las mujeres que se involucraron alguna vez con el conocimiento, las ciencias y la escritura fueron borradas de la historia: quemadas, asesinadas y olvidadas. A partir de ciertas condiciones materiales –es decir, la inserción de la mujer a la producción de mercancías– las mujeres pasaron por un complejo proceso de politización que ya tenía detrás un historial de lucha y organización en sociedades anteriores al capitalismo. Justamente, este proceso abrió paso a una inesperada y fortísima ola de reivindicaciones, conquistas y victorias. No sería extraño que, pues, una de esas reivindicaciones apuntara a que la mujer tenga acceso a la educación; que por tanto, sea visible en los espacios académicos, políticos y culturales. Y el desarrollo de la historia nos ha mostrado que sí, efectivamente, ese derecho ha sido conquistado a través de una ardua lucha y que necesita seguir siendo defendido.

Las mujeres no escriben desde la sociedad capitalista, es cierto: existe una secreta pero rica tradición de poetas y narradoras aparecidas mucho antes de la máquina de la que tanto habló Marx. Ahora, en un contexto donde hemos alcanzado ciertas libertades y derechos; donde también se trata de barrer con la desigualdad presente en la sociedad moderna, las figuras de estas escritoras están siendo rescatadas del olvido poco a poco y re-valoradas por ciertos círculos intelectuales a través del estudio de su obra.
Estas mujeres ya no están físicamente con nosotras: sus batallas han sido luchadas y muertas recién han sido reconocidas como escritoras que existen. Mientras tanto, las mujeres que escribimos y que seguimos en este plano de la existencia todavía tenemos cuestiones que afrontar y un larguísimo camino que recorrer. Es claro. Es obvio. Es innegable: dentro de los círculos literarios y la movida poética, el tufo del machismo sigue recorriendo sus filas sin ninguna vergüenza.

Antes de los ochentas, poco se podía hablar de las voces femeninas dentro de nuestra gran tradición poética; Blanca Varela, por ejemplo, era y sigue siendo la más destacada de todas ellas. Sin embargo, a partir de aquella década toda una promoción de mujeres (entre ellas Ollé, Dreyfus, Alba, Ruiz Rosas, y un largo etcétera) nos entregaron los libros más hermosos y brillantes de la época, marcando una especie de guetto con respecto a la poesía escrita por mujeres. Desde ese entonces, la presencia femenina no ha pasado desapercibida dentro de los círculos poéticos y es imposible ningunear la existencia de éstas. Al menos, en teoría, esto debería ser así.

Lo real es que estos espacios siguen reproduciendo ciertas actitudes machistas, desde cuestionar la capacidad que tienen las mujeres de hacer poesía hasta el acoso sexual. Sucede, y muy a pesar que se supone que quienes están constantemente en aquella escena se presenten como “progresistas” y “abiertos de mente”: no son novedad las denuncias que se han levantado en contra de distintos poetas por estas cuestiones, ni es novedad el prejuicio que recae sobre las mujeres que escriben o dejan de escribir sobre ciertos temas. Incluso, al momento de hablar de poesía escrita por mujeres, tampoco es novedad que se prefiera hablar de ésta como un apartado a lo que cualquiera llamaría poesía, a secas. La crítica se ensimismó en crear categorías para entregarnos una visión sesgada de la literatura escrita por mujeres. Básicamente, las mujeres que escriben, las llamadas poetisas, pueden escribir únicamente de ciertas cosas. Las poetisas solo escriben sobre lo privado, lo personal, lo confesional. Su discurso es únicamente sobre el cuerpo, su útero y su maternidad. En ese sentido, no son emparentadas o ubicada en una tradición nacional. Su discurso es válido dentro de sus propios límites, es decir, dentro de la “poesía femenina”. Su propio espacio. Luego de eso, las mujeres no escriben otra cosa. Desde ese paternalismo, los criterios para hablar de la producción literaria recaen en lo anecdótico y no en la obra misma. O mejor dicho, personas o experiencias en particular antes que libros. Y eso ha sido y sigue siendo peligroso.

Por otro lado, la cuestión de la paridad y la visibilización del trabajo de las mujeres que escribimos tampoco pasa desapercibido: que se pida que en las mesas de eventos, que en los recitales, que en las publicaciones tanto virtuales y físicas haya presencia femenina es síntoma de una necesidad por afirmar que la producción de estas mujeres es tan valiosa como la de nuestros colegas. Todo lo mencionado ha sido motivo para que las mismas mujeres asuman la tarea de denunciar y concientizar tanto a gente fuera y dentro de estos espacios.

Sin embargo ¿es suficiente? A pesar de reconocer algo tan obvio como que existen estas situaciones y que son reales, lo que no parece obvio es la manera de confrontar y cambiar esto. Pues, por un lado, la concientización de aquello es importante, también es apenas una primera etapa dentro de lo que se debe hacer con respecto a la cuestión de la mujer. Si bien sabemos que estas actitudes machistas no son aisladas o particulares, sino son parte de un conjunto de relaciones sociales modeladas a lo largo de la historia, y por tanto, tienen una raíz común; al momento de resolverlas pareciera que hemos agotado todas nuestras fuerzas ante una realidad que se nos aparece como desoladora. Que en realidad no hay una comprensión clara sobre estos sucesos, y que todavía es una dificultad el diagnosticar y comprender el aspecto principal de esta contradicción: de por qué es que estas formas se reproducen. Al no haber comprensión de ello, la práctica que las mujeres pretendemos realizar para transformar la realidad es, en todo caso, superficial e inútil. Muestra de ello es que, a pesar de pedir paridad en nuestros eventos, o crear nuestros propios espacios para visibilizarnos, la situación sigue latente y nuestras acciones tienen limitaciones serias, llegando al punto de ser problemáticas y contradictorias. Cayendo, por un lado, en el paternalismo que señalábamos por parte de la crítica al hablar de poesía escrita por mujeres. El discurso y la performance, nuestros espacios seguros y nuestras cuotas son limitadas ante un panorama clarísimo: hay machismo. Y tenemos que comernos ese rollo.

Escribo estas líneas pensando en el camino que nos lleva nuestra denuncia, pero también nuestra inacción: la visibilización ha quedado como un abstracto ideal, que es totalmente válido, pero que no responde nada ante un problema concreto. Esto no sólo es perceptible entre las feministas dentro de la escena literaria, sino también dentro de los colectivos y las agrupaciones feministas en nuestro país. Pocos son los que han asumido su papel dentro de una lucha política. La cuestión está ahí: en qué tan efectivas son nuestras formas de luchar contra la opresión y erradicar la violencia a la que históricamente ha sido sometida la otra mitad del género humano, lo cual inevitablemente nos lleva a pensar en la necesidad de discutir cuál es el carácter que adopta el Movimiento Feminista y en la necesidad de tener, no una agenda, sino un programa donde se plasme ese mismo carácter.

En los siguientes apartados explicaré detalladamente a qué me refiero.

ii.
(who run the world: el capital)

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Como mencioné anteriormente, a partir de la inserción a la industria capitalista y la producción de mercancías es que la mujer se sindicaliza. Dentro del capitalismo se crearon las condiciones que permitieron la emancipación política y que las mujeres se convirtieran en una fuerza capaz de alcanzar importantes victorias, es decir, sus derechos. Las mismas instituciones que sostenían a la sociedad capitalista, ahora nos abrían la puerta a la tan ansiada igualdad entre los géneros. Largos procesos se dieron alrededor del mundo y la condición de la mujer fue transformándose a través de la conquista de sus libertades democráticas. Sin embargo, la distancia que nos separa entre lo conquistado y el ideal emancipatorio es todavía inmensa. El avance del feminismo alrededor del mundo se ve tan contradictorio al contrastarlo con la realidad más inmediata; y no seamos, pues, tan mezquinos al afirmar que ello se debe a una cuestión externa, digamos, que el proceso de emancipación es muy largo o que la misma sociedad socava el proyecto de emancipación de la mujer. Lo que determina el avance de todo movimiento por la emancipación es el carácter que éste adopta y la línea política que sigue. Entonces aquí ya no nos toca criticar a la misma sociedad machista ni a las relaciones patriarcales que ésta reproduce.

Sería mezquino hablar del feminismo como una corriente teórica homogénea: existen diferentes posiciones y concepciones que están –o deberían estar– en un constante proceso de crítica incisiva para descartar ciertas prácticas y así ir construyendo y fortaleciendo una teoría que guíe a las mujeres en su camino a la emancipación. Sin embargo, de lo que sí se puede hablar es de cierta hegemonía entre los feminismos, tanto desde la academia como del activismo. No es gratuito que el abandono de la crítica a la economía política y la supremacía de una suerte de culturalismo bastante tendencioso, es decir, una crítica a la cultura abrazada por las corrientes dominantes dentro del movimiento feminista responda a cierto contexto histórico: el surgimiento de estas tendencias coincide con el repliegue de la teoría marxista, la derrota de los movimientos radicales por la transformación social y las olas revolucionarias en los años setentas, y con el colapso de la URRS en los años ochenta. Si bien la necesidad de una crítica a la superestructura de las sociedades machistas era latente, el anteponer la crítica a la cultura sobre la crítica económica, y desligarse de la crítica al capitalismo que articuló a tantas feministas, en un momento donde el ascenso del neoliberalismo era inevitable abrió las puertas a que el Movimiento Feminista pase de ser una fuerza política transformadora a ser, en la medida de lo posible, funcional a las instituciones y al sistema económico imperante.

El viraje al pos-estructuralismo de las feministas que hoy conquistan la academia dentro de los Estudios de Género y los Estudios Culturales significó el adoptar cierta posición filosófica ante el problema de la mujer, su raíz y la solución a tan complejo problema. El núcleo de estas teorías es la reescritura de lo social como ampliamente discursiva, local, contingente, asistemática e indeterminada. Las totalidades sociales serían simplemente meta-narrativas más que “realidades” sociales a ser contestadas. En pocas palabras, la realidad es discurso. Pero hay un espectro que recorre y sobrepasa el discurso: las condiciones materiales de las mujeres. Este romance entre el post-estructuralismo y el feminismo no puede reconocer la “materialidad” del régimen del trabajo asalariado y del capital. Tampoco reconoce la existencia de un desarrollo histórico independiente de la conciencia del sujeto y autónoma de la textualidad o el discurso. Tal reconocimiento conduciría a un mayor reconocimiento de la materialidad de las contradicciones sociales provocadas por las relaciones sociales de producción fundadas en la propiedad privada. No puede tampoco aceptar una teoría social que encuentre la propiedad privada como la causa de las desigualdades sociales, y que estas desigualdades solo pueden ser resuelta mediante de una revolución. Una revolución liderada por una clase en particular.

Este posicionamiento ideológico, naturalmente, también tendría ciertas implicancias y consecuencias políticas. La acción política, bajo las premisas de estas teorías, apunta a una transformación discursiva que busca trasladar “más allá” de los códigos establecidos hacia un espacio “utópico” de libertad sin límites ni trabas a través de la subversión de los regímenes existentes del discurso y las escalas de representación, juegos de lenguaje, y re-significación de las relaciones. Es una política de actos locales, desarticulados, contingentes, generando nuevas frases, modismos, vínculos y reglas de juicios para cada situación particular sin ningún criterio preexistente.

El no reconocer el conflicto y las relaciones sociales que se crean a partir del surgimiento de la propiedad privada es también no reconocer la raíz del problema de las mujeres; la aparición de la propiedad privada es causa directa de la explotación a la que están sometidas las mujeres desde hace siglos. Sobre las relaciones de propiedad se levanta y sostiene la dominación del hombre por el hombre. Sobre las relaciones de propiedad es donde también se erigen las relaciones de dominación, subyugación y dependencia con respecto al hombre impuestas a las mujeres a través de la historia. En la sociedad de clases, los cuerpos de las mujeres son, literalmente, los medios de producción. La mujer es una propiedad, y bajo ese supuesto se justifica su condición. El no reconocer esto es un crimen de magnitudes históricas. Y justamente estas teorías, más allá de ser mera inversión académica, son inútiles al crear una estrategia para luchar en contra de esa opresión. Pero a pesar de ello, al ser hegemónicas dentro de los círculos universitarios e intelectuales, el activismo político está en función a éstas. Siendo el feminismo un conjunto de reivindicaciones semióticas e institucionales que terminan siendo gozadas únicamente por las mujeres de las clases más acomodadas.

La capacidad transformadora sobre la cultura y las instituciones que tiene el feminismo muestra los mismos límites de éste al adoptar como cabeza la crítica a la cultura; si bien esta crítica responde ante una realidad que se nos aparece fragmentada, lo real es que la unidad en esa realidad no se encuentra en la superestructura de las sociedades, sino en su estructura. Si aceptamos que el machismo es un problema cultural, estaríamos llegando a un par de conclusiones bastante cuestionables: que, por un lado, éste podría ser resuelto con un poco de educación y de concientización, y que por otro lado, no existirían relaciones antagónicas entre feminismo y capitalismo, pues la emancipación de la mujer se podría dar en sus mismas instituciones y que incluso, feminismo y capitalismo podrían ser aliados, en el sentido de que solo dentro de la sociedad capitalista la mujer ha llegado a una posición no antes vista en ningún estadio de la historia. Las críticas hacia el acoso callejero, la violencia sexual, la desigualdad salarial, el rezago educativo de las mujeres, etcétera, en una época anterior parecerían radicales e incendiarias. Sin embargo, estos argumentos se admiten en la actualidad, muy a pesar de vivir en un país conservador. Es decir, somos conscientes. Y esto es traducido a la igualdad legal que anteriormente mencionamos; la cual en la práctica no ha cambiado mucho la situación de las mujeres, sino solo de algunas. Por otro lado, nunca ha existido una formación social capitalista sin opresión de género. Es más, lo que encontramos en las sociedades capitalistas, supuestamente avanzadas con respecto a la igualdad de género, son mujeres poseedoras que explotan y subordinan a una mayoría de mujeres (y hombres). Esto, de ninguna manera, es emancipación. Y sin embargo, aún creemos que las mismas instituciones que perpetúan su opresión van a emanciparnos, cuando las mismas leyes y la misma democracia también tienen sus límites dentro del sistema económico en el que está enmarcado.

El abandono de la crítica al capitalismo es evidente, a pesar del discurso que algunas activistas quieran adoptar. Que las ONGs hayan despolitizado tremendamente a las mujeres y reemplacen el autogobierno del pueblo y la organización popular mediante políticas bienestaristas y paternalistas que sólo cubren los huecos que el mismo sistema no puede cubrir, y que estas ONGs estén manejadas por mujeres de clases privilegiadas que se dicen feministas no es gratuito. Que el único campo de acción que el feminismo pareciera tener es el de compartir las experiencias de cada una de las compañeras que se quiere integrar a la organización como mujeres tampoco lo es.

Estos puntos que acabo de señalar nos conducen a dos preguntas concretas: ¿qué está haciendo el Movimiento Feminista? ¿qué hará ahora?

iii.
(de espaldas al patriarcado: la astucia de la historia)

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La subyugación de las mujeres es una realidad histórica objetiva: no es simplemente una cuestión de representación por los discursos de auto-legitimación. La extracción de plusvalía es una realidad social objetiva en las sociedades de clase y toda diferencia social se produce por ella, ya sea directamente o a través de diversas mediaciones. Solo con la abolición de la sociedad de clases y la propiedad privada las mujeres podrán emanciparse plenamente. Para que sus condiciones materiales cambien, la sociedad debe ser transformada radicalmente.

Es cierto que el Movimiento Feminista debería moverse por la igualdad económica, social y cultural de las mujeres dentro de la realidad más inmediata. Sin embargo, en su desarrollo, al ver las imposibilidades y limitaciones de lograr en su totalidad esta igualdad, las finalidades primeras y la estructura del Movimiento deben ir más allá de éstas, pues implica sobrepasar lo realizable en medio de relaciones capitalistas o alguna otra sociedad de clases. Hasta este punto, la emancipación tiene como contenido la construcción de una sociedad con relaciones sociales y personales de un nuevo tipo. En este proyecto es que debería radicar la radicalidad y la subversión de la organización de mujeres.

Seamos claros: la masa de mujeres que mueven las consignas como las levantadas en #NiUnaMenos –en contra de la violencia de género dentro del hogar, los espacios de trabajo, de las calles, etcétera– o a favor de la despenalización y la legalización del aborto es considerablemente grande. Incluso, que mujeres dentro de los espacios culturales que estén preocupadas por la presencia de mujeres dentro de éstos no es para menos. Todos son síntomas de una situación concreta, una realidad clara: hay machismo.

Pero este síntoma, como he repetido a lo largo de este texto, también debería empujarnos a cuestionar tanto el norte ideológico como orgánico de nuestras reivindicaciones y el Movimiento que pretendemos construir. El machismo dentro de las filas de la literatura no es una esfera aislada de la sociedad; estos espacios son machistas porque la sociedad, a pesar de abrazar ciertas consignas feministas e incentivar la participación de las mujeres en ciertos ámbitos, es machista. Esto no quiere decir que lo sucedido en los espacios artísticos sea menor: es correcto denunciarlo. Lo que debería decirnos es que esta situación necesita una solución concreta, y que ninguna sociedad ni ninguna institución ya existente nos la va a proporcionar. Que a pesar de visibilizarnos en publicaciones y recitales, la dinámica se seguirá reproduciendo no solo en la escena poética, sino en la sociedad en conjunto.

Desde el arte, las mujeres han escrito tantas veces sobre su experiencia, y esto es, denunciar ese machismo podrido que ha inundado la historia. El arte funciona como un poderoso espacio de reflexión, sí. Pero como poetas y escritoras no creamos que es lo único que hemos de hacer, que magnificando nuestro discurso nuestras voces se oirán más fuerte, y que con eso vendrá el cambio. La historia nos ha mostrado que las mujeres han estado presente en el ojo de la convulsión social. En su astucia, hoy nos llama a dejar la pasividad y asumir nuestro papel como sujetos políticos y económicos que encabecen esa transformación.

¿Estamos dispuestas a asumirlo?